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Choque de trenes

Una vez más, el debate sobre la reforma fiscal vuelve a convertirse en un ejercicio tedioso y ritual. Tirios y troyanos hurgan en los argumentos del otro para descalificar las propuestas contrarias. Pero, más allá de las liturgias y los andamiajes académicos, políticos y sectoriales, es obvio que la propuesta enviada al Congreso de la República por el Ejecutivo, no solo fue precipitada, sino un paso en falso porque castigaba algunos productos que, de autorizarse la misma, hubiese golpeado a un amplio segmento de la población.

De esa cuenta, la Cámara de Comercio organizó un foro en el cual vaticina, con gran tremendismo escénico, el colapso del Estado. Aunque, para quienes viven a diario el drama de la violencia, la migración, la pobreza, la corrupción, entre otras, el Estado hace años sufrió un proceso de desmantelamiento. Frente a casi un millar de empresarios, Jorge Briz manifestó su desencanto por el gobierno de Jimmy Morales y fue un duro crítico de la propuesta que, por cierto, el Ejecutivo se vio obligado a retirar.

Así, el gobierno esperaba recaudar casi seis millardos de quetzales en 2017. Sin embargo, el tema se empantana por enésima ocasión, y los sectores en contra y a favor se rasgan las vestiduras, como si el tema fue algo propio de herejes y apóstatas y la incertidumbre sobre cómo se obtendrán fondos para financiar el próximo presupuesto alcanza dimensiones casi ecuménicas.

Lo esencial, sin duda, pasa no solo por discutir el tema fiscal, sino entenderlo como parte de una amplia y más profunda reforma del Estado. Los números y los indicadores de desarrollo social, el exceso de mala realidad, el colapso en la salud, la educación y la seguridad no son un vaticinio; son la marca dolorosa del espíritu de los tiempos, los callejones sin salida que millones de guatemaltecos viven en el día a día. En otras palabras, el mundo afuera.

Frente a ello, ni tremendismos ni atrincheramientos. Hay que recordar que la grave situación por la que pasa Guatemala no se resuelve por puestas en escenas, menos por recurrir a los manidos argumentos que insisten en reducir impuestos y mayor austeridad. El camino pasa por diseñar un modelo que incluya a todos los sectores. Hay que atreverse a pensar de otro modo, a proponer vías de largo plazo.

En ese diálogo nacional está la arquitectura del futuro, el sueño de una vida decente, la sonrisa de los niños. Sin dinero no hay nada: ni salud, educación, desarrollo rural, ni seguridad. No se requiere de grandes bríos para avizorar, no el colapso del Estado, sino un choque de trenes.

Una publicación de Siglo.21.

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